En las páginas de debate, se aprieta el botón de alerta sobre el titubeante avance de la Unión Europea en la encarnizada carrera global por el dominio de la inteligencia artificial. Esta inercia pone en jaque no solo su ansiado crecimiento económico, sino que amenaza, incluso, los baluartes de su modelo democrático, tan amoldado a la historia del Viejo Continente.
La UE se encuentra en una encrucijada con apenas un escuálido 5% de la capacidad computacional mundial; una sombra al lado del 75% que ondea la bandera estadounidense, y el firme 10-15% que recubre a la China milenaria. Este abismo tecnológico hiere la autonomía estratégica del continente y lanza un dardo envenenado sobre su capacidad para prosperar bajo sus propios términos.
Entre las causas de este letargo se señala, con dedo acusador, a la maquinaria burocrática, la sobrerregulación implacable y las luchas intestinas de la política que levantan muros al avance. Las herramientas financieras huyen espantadas; las startups, aquellas fábricas de innovación, buscan el aliento inversor más allá de las fronteras europeas.
Todo esto se desarrolla en un entramado donde la IA cobra vital importancia, como en el sector de la sanidad. Un ejemplo contundente es Alemania, que ha dado un paso adelante en la detección del cáncer de mama, incrementando sus índices en un impresionante 17% gracias al poder de la inteligencia artificial.
El editorial no da margen a dudas: Europa ha de despertar de su letargo tecnológico. Urge trazar un camino que asegure su independencia de tecnologías foráneas. Es la vía para la salvaguarda de un Estado del bienestar y una seguridad que la era digital dicta con puño de hierro.
Fuente: El Mundo