El Fondo Monetario Internacional, ese vigía económico que escrutina con ojo analítico el pulso del mundo, ha deslizado, no sin cierta gravedad, su último oráculo tecnológico: la inteligencia artificial, esa diva de silicio, podría obrar maravillas al hacer crecer el Producto Interior Bruto global en un 0,8%.
La fórmula mágica alude a la promesa de productividad y prosperidad, como un elixir para dinamizar la economía mundial.
Sin embargo, no es oro todo lo que reluce, y no tarda el FMI en alzar la voz de alerta.
Este avance, tan prometedor como descontrolado, amenaza con ensanchar esa grieta perversa que separa a los países ricos de los que se estrenan en el ruedo del desarrollo.
En las naciones de elevados campanarios tecnológicos, la concentración de recursos y capacidades se hace notar, dejando atrás, sin mucho miramiento, a las que caminan rezagadas.
El juez imparcial del FMI señala un camino rocoso, donde la inteligencia artificial puede intensificar las existentes fronteras, favoreciendo a quienes ya poseen la infraestructura y acceso a las herramientas más sofisticadas.
Un análisis, nada halagüeño, invita a la elaboración de políticas públicas con miras a una integración inclusiva, evitando dividir aún más un mundo ya herido por desigualdades ancestrales.
Este escenario abre las puertas a retos éticos y económicos de tamaño colosal para la comunidad internacional.
España e Hispanoamérica, como parte del coro mundial, no quedan al margen de esta sinfonía.
Para naciones que buscan no perder el tren de la era digital, el desafío no es menor.
El momento reclama un esfuerzo compartido: de empresas, desarrolladores y gobiernos, para no sólo aproximarse a esta tecnología, sino hacerlo con cautela y visión equitativa.
El futuro de la inteligencia artificial ruega, más que nunca, por un abordaje reflexivo y balanceado.
Fuente: Público