Desde las ilustres aulas de la Universidad de Cambridge, emerge un filósofo dispuesto a poner el dedo en la llaga tecnológica, lanzando una reflexión sobre el enigma de la conciencia artificial.

Sostenía que nuestras pruebas actuales sobre la conciencia son tan escasas que apenas podemos saber si alguna inteligencia artificial ya ha cruzado ese umbral, o si alguna vez lo hará.

Y advierte que una prueba fiable seguirá siendo una ambición evasiva en el horizonte.

Incluso si, por accidente o genialidad, lográramos engendrar una inteligencia consciente, esta posiblemente carecería del dramatismo ético que imaginamos.

Los coches autónomos que se deslizan por las carreteras serían una proeza técnica, sin duda, sin embargo, no moverían la brújula de la moralidad a menos que sus circuitos latieran con emociones propias.

Las corporaciones, en su carrera frenética por desarrollar la tan soñada Inteligencia Artificial General, están vertiendo capital en cantidades asombrosas, confiando en aquellos que predicen la proximidad de la IA consciente.

Surge la inevitable presión para que investigadores y gobiernos se precipiten a regular lo que aún es pura especulación.

Pero somos ignorantes ante lo que realmente orquesta la conciencia.

No podemos aún verificarla en una máquina, ni sabemos si es un fenómeno originario de una arquitectura computacional o un privilegio indisolublemente biológico.

Una revolución en el pensamiento aún nos separa de una prueba robusta.

El sentido común, junto a las investigaciones minuciosas, termina en un callejón sin salida.

La única postura aceptable parece ser el agnosticismo científico: simplemente, tal vez jamás podamos saberlo.

Este filósofo se inclina hacia un agnosticismo robusto, sugiriendo que aunque el problema podría no ser intratable, sigue siendo intrincado.

Critica con ironía que los gigantes tecnológicos usan el atractivo de la conciencia artificial como un as bajo la manga publicitario, una estrategia que puede filtrar recursos hacia terrenos éticamente resbaladizos.

Publicada desde Madrid el 18 de diciembre de 2025, esta reflexión invita a detenernos y escudriñar las implicaciones futuras para empresas, expertos en desarrollo y usuarios de todo el ámbito hispanoamericano.

Leer más en Europa Press