Amnistía Internacional ha levantado la voz, con el tono ensordecedor de una alarma olvidada durante demasiado tiempo. El gobierno de Estados Unidos, denuncian, emplea inteligencia artificial como un insidioso ojo espía, acechando a migrantes y estudiantes extranjeros que se oponen a la ofensiva militar israelí en Gaza.

La Casa Blanca, bajo el mando nuevamente del inexorable Trump, revive el fantasma de una política antiinmigratoria endurecida y sin miramientos. Los visados, esa puerta que siempre fue estrecha, ahora está prácticamente soldada. Se detiene su flujo, se interrumpe su curso y se reorienta hacia el análisis minucioso de redes sociales.

Palabras en pantalla, meros textos en las redes, son ahora juzgados a través de un lente turbio que identifica expresiones pro-palestinas y, casi automáticamente, las clasifica como antisemitismo. Esta es la nueva mentalidad, dictaminan algunos, como si la historia no hubiese enseñado el peligro inherente de generalizar una postura crítica.

Las temidas herramientas de IA de Babel Street y Palantir, dos titanes con contratos gubernamentales en el ámbito de la defensa, se encargan de esta tarea hercúlea. Su vigilancia no cesa, su análisis no termina mientras escanean incansablemente redes sociales, escrutando en busca de lo que denominan «actividad terrorista».

Pero Amnistía deja caer un martillazo en la mesa: estas tecnologías, advierte, no son sólo imprecisas, son peligrosamente discriminatorias. Sus márgenes de error no saben del delicado entramado de derechos humanos y, en su ceguera tecnológica, corren el riesgo de etiquetar, equivocadamente, voces pro-Palestina como antisemitas, alimentando deportaciones que el mundo ya no puede justificar.

La sombra del prejuicio, en su forma más fría y calculada, se cierne sobre aquellos que solo anhelan un lugar al cual llamar hogar. Las advertencias retumban, esperan ser escuchadas como el eco de una campana en el desierto.

Fuente: Swissinfo