El fascinante y a la vez inquietante fenómeno de la inteligencia artificial ha irrumpido en la economía global como una tormenta inesperada. Los tecnooptimistas, siempre dispuestos a ver el vaso medio lleno, vislumbran en sus aplicaciones un potencial casi ilimitado para incrementar la productividad y el bienestar. Esto es particularmente evidente en economías de servicios como la española, donde algoritmos de lenguaje empiezan a competir de tú a tú con el mismísimo cerebro humano.
Las grandes esperanzas alimentan a menudo las más peligrosas burbujas, como alerta el Fondo Monetario Internacional. El año 2026 se presenta como un posible cisne negro, una anomalía en el sistema que podría desestabilizar la economía de España de manera dramática. Europa, que no se anda con chiquitas, sopesa sanciones contra las gigantescas plataformas tecnológicas. Esto ha encendido las alarmas en la Administración Trump, que ha respondido con airadas reacciones a empresas del viejo continente, incluyendo las nuestras.
El riesgo no es solo financiero. También se cierne una amenaza anticompetitiva a la que debemos estar atentos. Es necesario vigilar el sector de las finanzas en la sombra y adaptar nuestras políticas a este nuevo ajedrez global. Sin embargo, en estas aguas turbulentas también se esconden oportunidades. La inteligencia artificial podría ser la llave que resuelva algunos de los grandes obstáculos al crecimiento empresarial en España, como la lacra de la financiación.
El gran desafío es la concentración de poder en manos de las grandes tecnológicas, algo que viene a chocar con la visión europea de un mercado libre y justo. De aquí al 2026, se escribirá la verdadera historia de la inteligencia artificial: ¿será recordada como un paso hacia el progreso, o como un año de caos e inestabilidad?
Artículo elaborado por Raymond Torres, director de Coyuntura de Funcas.